El herbario de Akna

Un archivo vivo sobre plantas, naturaleza y los caminos que recorremos junto a ellas.

CAPÍTULO I: Aprender a mirar

    «Antes de aprender para qué sirve una planta, aprendí a preguntarme quién era.»

Durante mucho tiempo pensé que las plantas eran simplemente parte del paisaje.

Estaban ahí.

Creciendo en los caminos, en los montes, en los jardines y en los márgenes de las carreteras.

Pero un día conocí a la Mimosa pudica.

La recuerdo fuerte, creciendo con abundancia entre la vegetación. Verde, frondosa, aparentemente resistente. Sin embargo, bastó el roce de un dedo para que sus hojas se cerraran sobre sí mismas.

Aquella contradicción me fascinó.

Una planta que parecía tan fuerte y, al mismo tiempo, reaccionaba con tanta delicadeza.

Creo que fue entonces cuando empecé a comprender que las plantas también tenían una forma de ser.

Desde aquel momento no pude dejar de encontrar parecidos entre ellas y las personas.

Pensaba en los cactus.

Seres independientes, capaces de sobrevivir donde casi nada más puede hacerlo. Plantas que no necesitan demasiados cuidados; al contrario, si intentamos quererlas demasiado, si las regamos más de la cuenta, terminan pudriéndose.

También pensaba en las rosas.

Hermosas. Fragantes. Capaces de llenar un jardín con su perfume.

Pero protegidas por espinas que recuerdan que no todo lo bello es sencillo de abrazar.

Recuerdo incluso descubrir la cochinilla que vive sobre algunos cactus. Al aplastarla aparecía un pigmento de un rojo carmín intenso. Me fascinaba pensar que una planta aparentemente tan austera pudiera albergar un color tan vivo.

Y así empecé a mirar el mundo.

Durante una época me divertía imaginando qué planta sería cada persona que conocía.

Había personas que eran robles.

Otras parecían helechos.

Algunas eran romero.

Otras, sin duda, eran cactus.

Sin darme cuenta, las plantas dejaron de ser especies para convertirse en maestras silenciosas que hablaban de la vida.

También crecí rodeada de pequeños remedios cotidianos.

Si dolía el estómago, había manzanilla o menta poleo.

Si los nervios apretaban, aparecía la tila.

Si una ortiga te rozaba la piel, alguien te enseñaba a buscar una menta que creciera cerca para aliviar la picadura.

Entonces todo parecía normal.

Con los años comprendí que aquello era mucho más que tradición.

Era una forma de vivir en la que la naturaleza nunca estaba lejos.

Siempre ofrecía algo.

Un alimento.

Un remedio.

Un aroma.

Una enseñanza.

Cuanto más observo, más difícil me resulta creer que sea casualidad.

Cada estación trae los alimentos que el cuerpo parece necesitar en ese momento.

Cada flor, cada hoja, cada raíz, cada semilla, cada fruto y cada vegetal parecen ocupar su lugar dentro de un equilibrio mucho más grande que nosotros.

La naturaleza no tiene prisa.

Simplemente sabe.

Hay un recuerdo que vuelve a menudo.

Durante un temazcal sentí un momento de mucho agobio.

Cogí un pequeño ramillete de hinojo y lo acerqué a mi nariz.

Respiré profundamente.

Una vez.

Y otra.

La calma llegó casi de inmediato.

No sé si fue el aroma, el recuerdo, la planta o la confianza que deposité en ella.

Quizá fue todo a la vez.

Desde entonces entendí que las plantas no solo pueden alimentar el cuerpo.

También pueden sostenernos en silencio.

Y desde ese día ya no volví a verlas como simples plantas.

Empecé a verlas como compañeras de camino.


Hasta la próxima recolección.